El sommelier y la bombacha
Muchas veces ocurren cosas desopilantes (o tragicómicas) cuando uno va a un restaurante, sobre todo cuando el mozo o el sommelier pretenden saber más que el cliente, que por otra parte no siempre es un neófito, despistado o también un piojo resucitado que pretende que lo vean con la rubia platinada bebiendo el vino más costoso de la carta

Días pasados ocurrió en un hotel de lujo, cuando el sommelier describió a los periodistas las virtudes de un vino de medio pelo (cuyo marca nos reservamos para no herir susceptibilidades), elegido para acompañar el menú maridando, según él, cada uno de los platos. Ante mi insistencia de continuar con las burbujas del comienzo, el joven me dijo a boca de jarro: “Igual le sirvo para que compruebe qué bien va con el plato principal”. Debo aclarar que no me importa si el vino es de medio pelo o de pelo entero, en esa ocasión lo que importaba era la comida, y lo que también importaba (aún más) es que estaba rica.
Aclaradas las cosas, vale la pena recordar una famosa anécdota que le sucedió a un desprevenido sommelier, quien hace varios años atrás recibió una lección de aquéllas, nada menos que de parte del Barón Philippe de Rothschild. Este aristócrata fallecido en 1988, pertenecía a la conocida familia de banqueros y empresarios de la industria automotriz, pero sobre todo por ser dueño del renombrado Château Mouton Rothschild, en la región del Médoc. El escenario de nuestra historia ocurrió en el restaurante del Hotel Ritz Carlton, de París. El hombre, sin identificarse, pidió una botella de Mouton Rothschild cosecha 1928. El sommelier regresó a la mesa minutos después con un decanter donde el vino ya se había vertido y le ofrece al cliente una copa con una mínima cantidad para que lo pruebe. Tras ello, el hombre lo huele, lo hace recorrer por el paladar, lo traga, y dice muy enojado: “Esto no es Mouton 1928”. El sommelier disiente y dice que sí, que se trata del vino pedido. Pronto varios integrantes del personal del restaurante rodean la mesa, entre ellos el gerente, el chef y el maitre. Todos avalando la aseveración del sommelier.
Llegados a esta instancia, alguien pregunta al cliente: “¿Cómo puede decir que este vino no es Mouton 1928?”. El hombre, sin levantar la voz, contesta: “Porque soy Philippe de Rothschild y yo hice ese vino”. Ante esta respuesta inapelable, el sommelier da un paso al frente y con toda la vergüenza del mundo reconoce que el vino en cuestión (cuya botella nunca llegó a la mesa, como debería ser), es un Clerc Milon de 1928. Y señaló: “No podía soportar la idea de consumir nuestra última botella de Mouton 1928, pero si no me equivoco señor, usted también es dueño de dos viñedos Clerc Milon, que quedan en la misma aldea de Mouton, donde se emplea la misma variedad de uva, hacen la poda al mismo tiempo, vendimian el mismo mes, ponen el vino en barricas idénticas, embotellan a la vez, y usan huevos de las mismas gallinas para la clarificación. Es decir que los vinos son iguales, sólo que se diferencian por una pequeñísima distancia geográfica”. Rothschild, para no pasar por maleducado, le pide al sommelier que se acerque y le susurra al oído: “Cuando usted regrese a su casa esta noche, dígale a su mujer que se quite la bombacha, métale un dedo por delante y otro por detrás, y entenderá cómo una pequeña distancia geográfica puede afectar el aroma y el sabor”.
Foto: Flickr CC / Libertinus
jajajajajaaa no sé si será verdad la anécdota, pero es genial
Genial esta anecdota! Me hizo reir en este lunes al mediodia!
Me encantó… jajajajajajaja
Excelente anécdota, Juan Carlos.
Te has ganado el día.
Saludos,
TimRiva
Espectacularrrrr!!!!!
jajajaja genial genial genial
Cuanto de cierto!!!! y cuanto me rei con el remate final….
GENIAL Y MUY CLARO EN LA DEFINICION POCAS PALABRAS EN SU JUSTO MOMENTO.-
MUY BUENO JAJAJJA,. SERA VERDAD LA ANECDOTA.-
Me encanto. Una maravilla. La leí hace 2 semanas y todavía me acuerdo. Me mato de risa, son unos genios.
BravoBravoBravo!