La Argentina es el primer exportador mundial de maíz pisingallo (hasta que Moreno lo impida). Con este insumo se elabora lo que se denomina pochoclo, pororó, palomitas de maíz y si se quiere ser más fashion, pop corn. Consumirlo no sólo es poco nutritivo y muy alto en calorías, sino también una desgracia para los amantes del cine.
¿Cómo no va a ser un invento yanqui? Si está al nivel de beber la cerveza del pico, comer hamburguesas grasientas que a los diez minutos se ponen duras como una piedra y llevar el café a pasear, entre otras barbaridades gastronómicas. Es así que como Halloween, la costumbre de comer pochocho en el cine también vino del norte. Hay que recordar que la máquina comercial para fabricar pop corn nació en Chicago en 1885, de la mano de un tal Charles Cretors. Pero lo peor sobrevendría años después, en 1912, cuando el público estadounidense puso de moda el hecho de comer los pochochos dentro de los cines. Nos llevan una larga trayectoria, pero las plagas tardan en llegar pero lo hacen para quedarse.
El tema es que como el séptimo arte entró en crisis hace ya muchos años con la irrupción del video y también por la posibilidad de bajar pelis de la computadora sin pagar un peso, los dueños de locales cinematográficos debieron extremar su imaginación. Y es así que vieron que esas infames cajas de cartón (sólo la mediana contiene 200 gramos), que son ingresadas a las salas por adolescentes impúberes, jóvenes modernos y hasta por algún viejito que se quiere hacer el pendex acompañado por la rubia de turno, representaban un pingüe negocio. Y encima hay otras cajitas “infelices” de 375 y de 450 gramos para compartir, lo que permite que la sala a oscuras se transforme en un concierto de palomitas crocantes que hacen poner nervioso a un muerto.
Aquellos que amamos el cine, huiremos inevitablemente ante la imposibilidad de concentrarnos en lo que vamos a ver: una película. Ese ruidito insoportable termina por convertirnos en un manojo de nervios. Y por cierto que el envase es tan grande que pareciera que los pororós no se terminan nunca. Una catástrofe total.
Ahora bien, además de la cuestión cinéfila, hay que decir que contra lo que se supone, el pochoclo no es nutritivo y encima aporta calorías por demás. Según un estudio realizado por la Fundación Daat (Inteligencia en el Tratamiento de la Obesidad y la Diabetes) que publicó el diario Perfil, un envase mediano de pop corn aporta nada menos que 797 calorías y equivale a tres platos de fideos, casi una docena de medialunas y diez cucharadas de azúcar.
El trabajo se titula “¿Qué consumimos al comer pochoclo”, y revela que sólo el envase mediano de 200 gramos, si se lo termina, representa el 40% de las calorías que requiere diariamente un adulto. La Fundación Daat señala con énfasis que “los pochoclos son un alimento altamente nocivo para la salud”. Y molestos, agregamos nosotros, salvo que uno lo coma en su propia casa y cuando está solo.
De manera tal que comer pochoclos, pororós, palomitas o pop corn (llamalos como quieras), es una de las peores cosas que podés embuchar. Y si lo hacés en un lugar público, estarás contribuyendo a crisparle los nervios de mucha gente que pagó mucha plata, para ver una película pero que termina escuchando un concierto de ruidos molestos. Por lo tanto, basta de pochoclos, usemos el maíz para cosas más provechosas.