Al ritmo de Zorba El Griego, en Mykonos la gente se entusiasma y arroja frenéticamente platos al suelo con la base para arriba. Así caen y se rompen más fácilmente, nunca falla. Nos dice el dueño de casa, de familia oriunda de una isla del mar Jónico, que si hay 120 personas comiendo, se rompe al menos la misma cantidad de vajilla (una unidad está incluida en el precio del servicio de mesa). Y cuando hay muchos clientes de la colectividad, la cosa se pone más interesante, compran y compran (el precio figura en la carta) decenas y decenas de platos que vuelan por el aire. Es la forma de expresarles a los bailarines la aprobación por lo que hacen. Y lo hacen muy bien. Mykonos es el único restaurante griego de Buenos Aires. El local renovado del bulevar Olleros, muestra los clásicos colores azul y blanco de la bandera de Grecia. Y las imágenes de la isla que le da el nombre al restaurante, además de otras vistas del país, completan el escenario. Contra lo que uno pueda suponer, por más que sea un lugar con show, en Mykonos se come muy bien. Hay dos modalidades: a la carta (tener en cuenta que lo recomendable es pedir una picada para compartir y que los principales son copiosos), o elegir directamente de las opciones de menús armados. En nuestro caso, la entrada de un menú alcanzó para dos personas (con un pequeño refuerzo de humus, que estaba fantástico) y luego vinieron la musaká (emblema de la cocina griega, un pastel de berenjenas con carne picada y salsa blanca) y un principal aparte, cordero al estilo griego, relleno con papa al plomo y yogur artesanal, gratinada con dos quesos, un plato contundente y riquísimo. Además, el precio del cubierto no sólo incluye un plato para romper, sino también el pan de pita, tradicional, más otras variedades, entre ellas una con aceitunas negras. Toda una tentación. Los postres, que llegaron en forma de degustación, respondieron al excesivo dulzor de la cocina de Medio Oriente, con la que la culinaria griega tiene bastante afinidad. Ideal para los más golosos.
Mykonos desmitifica aquello de que no se puede comer bien en los restaurantes con show. Vale la pena ir con tiempo, para disfrutar de la comida y de la música y los bailes. El clímax llega, por supuesto, con Zorba El Griego, en vivo y con las imágenes del gran Anthony Quinn.
Las entradas frías de Mykonos, suelen encontrarse en los menús casi sin exclusiones, tales los casos del mencionado humus, la melitzano salata (puré de berenjenas con oliva y jugo de limón), los arrolladitos de hoja de parra rellenos de arroz, y el tsatziki (combinación de yogur y pepinos con oliva). No perderse tampoco la oportunidad de beber una copa de ouzo, la bebida nacional, una especie de anís servido con hielo. Ver cómo el frío le cambia el color a la bebida. Entre las entradas calientes, no faltan el falafel y una curiosa pizza de pan de pita con tomate, queso feta, jamón crudo y tapenade de aceitunas griegas y nuez. También hay que probar la tradicional ensalada griega con tomate, pepino, cebolla, aceitunas, ají verde y queso feta. La carta es muy amplia, ofrecen platos típicos, mucho cordero, pescados y brochettes salidos de la parrilla, y también pastas para los que se animan menos a probar platos exóticos, en este caso provenientes de la Grecia milenaria.
En Mykonos hay que estar atentos a las promociones, por ejemplo el Día del Malbec (los jueves, mesa de hombres con 25% de descuento); Martes Rosé para chicas (el mismo descuento); los viernes románticos para parejas (20% menos pidiendo a la carta) y si querés festejar tu cumpleaños, vos no pagás. No es lo que uno come todos los días, salvo que seas de origen griego, por lo que vale la pena animarse y probar. La mejor síntesis para este restaurante consiste en decir que la comida está a la altura del show, lo que es poco usual en este tipo de propuestas. El ambiente es muy festivo, con onda, y el servicio eficaz pese a la cantidad de gente que siempre llena el salón.
La mesa más participativa resultó una de cuatro personas, de habitúes de la casa, que son los primeros en romper platos y también bailan tras haber aprendido los secretos de la música griega. Todo un símbolo, si los clientes vuelven es porque la oferta es buena.
La carta de vinos es “normal”, pero se complementa con buenos tragos. Y hay también lectura de la borra de café. Al ritmo de Zorba, no sobra nada, Mykonos resultó una grata revelación gastronómica.
Un restaurante de campo como los hay a montones en Italia. Peumayén, cuyos dueños son descendientes de alemanes del Volga, ofrece una cocina auténtica en la que se entremezclan platos autóctonos y de inmigrantes.